Los cuentos que me contaron

Mi padre me contaba que al abuelo lo salvó un liberal. En su finca del Tolima, cuando pasó la guerrilla liberal preguntaron por el abuelo, el conservador. El liberal, un trabajador de la finca, lo escondió. Se salvó. Mi padre me contaba que se fue, el abuelo, con la familia, a México a vivir en un posible exilio. Por la guerra.

Mi padre me contaba que el abuelo dejó unas tierras que nunca conoció. Que nunca disfrutó. Por la guerra. Me contaba también que las tierras se cambiaron por otras tierras, sin guerra, pero con otras guerras de la misma guerra. Tierras que tampoco disfrutó. Por la guerra.

Mi abuela me contó una vez su relato del Bogotazo. El comienzo de una de nuestras guerras. De su voz salía todavía el miedo. Hablaba del doctor Gaitán. Hablaba del hombre que pudo ser presidente y evitar la guerra. Pero no. Lo mataron. Y hubo guerra.

Mi tío me contaba historias de sus tierras. Contaba que iba y venía hasta que no pudo ir y venir más. Por la guerra.

No tuve una, tuve dos, tres, cien amigos y amigas que me contaron cómo se fueron y no volvieron. Fueron muchos los que tuvieron que irse al extranjero, los afortunados, y al cielo —o al infierno—, los que no alcanzaron o, mejor... los que fueron alcanzados por balas que todos pagamos.

Un guerrillero muy joven en los diálogos de paz del presidente Pastrana —¡Ay! Cómo cambiamos con los años— me contaba que él luchaba por mí. Yo le dije que yo estudiaba por él. Hace casi 20 años, en medio del proceso de paz, se decía que el país estaba en manos de la guerrilla. Entonces siguió, y más fuerte, la guerra.

En el colegio me contaban que nos íbamos a casa temprano, sin avisar. Por la guerra. Oíamos explosiones, hacíamos simulacros y veíamos en la televisión a candidatos presidenciales que morían asesinados. Celebrábamos juntos ir a casa a jugar mientras los profesores intentaban decirnos que no eran tiempos de alegría. Crecimos tristes, encerrados, enrejados, asustados… por la guerra.

Mi madre me contó que trabajó en un sitio que vivió la guerra. De cerquita. A mí me gusta contar que fue el amor —de mi padre y de mi madre, o sea yo— quien la hizo salir de ese sitio tomado, por algunas horas, por la guerra.

Entre tantas víctimas, lágrimas, balas, bombas, sangre, ruido, palabras, mentiras, gritos, guerras... sólo vivimos por cuestiones de azar. Durante casi 70 años el azar de viajar, de no volver, de mirar hacia atrás... de no dormir. Siempre el azar.

Entre tantas guerras, ¿quién es el malo? Entre tantas guerras ¿quién el bueno?

Pensaba que era el liberal (el bueno), que salvó a mi abuelo (el malo). Quizás era mi abuelo (el bueno) que era atacado por una de nuestras tantas guerrillas (las malas). Las mismas que eran brazos armados de los futuros partidos que ya habían decidido partir al mundo, a nuestro mundo, en dos mitades. Igual que ahora. En otra guerra. En otro siglo. ¿O acaso es la misma?

En el laberinto de buenos y malos hay quienes exigen justicia.

¿Justicia para quién?

Yo estoy mamado del azar. El azar que supera incluso ese acto de amor de los padres en la única guerra que es capaz de dar vida.

Pero, sobre todo, estoy remamado de la guerra.

Sí. Siclas. Sisarras. Siclón. Sipi. Sisas.

4 comentarios:

  1. Que conmovedor texto Santiago. Nosotros en México también estamos en guerra pero nadie la quiere nombrar.

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  2. Que conmovedor texto Santiago. Nosotros en México también estamos en guerra pero nadie la quiere nombrar.

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